morir por amor
Julio 3, 2008 by penelopepiedrarespiraAcabo de regresar a casa, después de tomarme un cubatazo con mi hermana mayor. Juntas nos hemos reído y hemos rescatado momentos compartidos. Y una vez más, he lamentado que no nos veamos más, porque realmente con ella me siento como en casa. Le he dicho que ha sido una cuidadora sublime. Sí, en muchas ocasiones nos ha sacado de apuros. Y entre muchas historias, nos hemos acordado de aquella en la que nos ayudó a realizar a mi amiga del alma María y a mí un trabajo para la facultad. Estudié periodismo, sin una vocación clara. De forma nebulosa recuerdo que estaba tan cansada de estudiar (durante un par de años simultaneé BUP y FP de ajuste de metal con 15 y 16 años) que mi razonamiento fue el siguiente: partiendo de que era de letras, todo lo que acababa en “ia” me sonaba a mucho estudio (historia, geografía, antropología… en fin), y además, como el 99’99% de los que estudian periodismo, me gustaba escribir (qué novedad). Así que estaba allí, rodeada de empollones individualistas, trepadores y con las ideas muy claras acerca de cómo triunfar en esto. En cuanto conocí a María nos reconocimos y nos acercamos. No teníamos nada claro y eso era genial. Así que nos unimos para los trabajos y en uno de ellos nos pedían tratar cualquier tema desde varios géneros periodísticos. Elegimos como tema “morir de amor” (aún conservo el trabajo y no tiene desperdicio, es marciano). Pero, como siempre, lo dejamos para última hora y nos encontramos con una sola noche para hacerlo. María se vino a casa y no pegamos ojo. Escribimos cartas de suicidas por amor, crónicas de muertes por amor, reportajes sobre amantes moribundos… pero nos faltaban dos entrevistas obligatorias para completar el trabajo. Mi hermana mayor se ofreció, en plena madrugada, y sucesivamente, se metió, de forma asombrosa, os lo aseguro, en el pellejo de un psicólogo y de un cura, que reflexionaban larga y hondamente sobre esta cuestión. Ni Punset hubiera profundizado tanto. Al día siguiente, sin dormir, casi nos atropellan en un paso de cebra, camino de la facultad. Pusimos fotos inventadas, fotos de Marilyn Monroe, fotos horrorosas, pero el caso es que ya en aquella época empecé a coger gustillo a maquetar y la presentación era curiosa. Los empollones nos miraban y nos decían: ummmm… qué buena presentación, seguro que sacáis sobresaliente. María y yo nos mirábamos, recordábamos al cura-psicólogo en pijama y nos hartábamos de reír. Llegó el día de las notas y la profesora llamaba uno a uno por su nombre. Y confundió mi apellido, que es rojo, para llamarme públicamente como fulanita rollo, ay mi madre, qué hartón de reír otra vez. Sí que era un rollo, y aprobamos por los pelos, y es una batallita de bar nocturno y complicidad, pero he sido tan feliz recordándola hoy con la cura-psicóloga cubatera, que bien merece un lugar en este antro