Llevas una cinta sobre tu pelo y una alegre falda de colores y volantes. Sonríes con todo tu rostro. Esa sonrisa que es tan tuya desde que naciste, grande y fresca como un jardín que, de repente, muestra todo su esplendor. Me abrazas con la carita apoyada en mi pecho. Estaba deseando que llegaras, me cuentas. Y una vez más, me siento afortunada por la inocencia que me regalas, cada vez que te veo. Por hacerme sentir que, en tus pequeñas manos, el futuro puede pintarse de esperanza. Tu voz clara, tu voz de niña que se va haciendo mujer de forma lenta e invisible, empieza a formarme, una vez más, nudos de ternura.
Me gusta dejarme caer en tus ojos. Son mágicos y hermosos. No sabría decirte de qué color los tienes. Azules, verdes, grises… como la mar agitada y brava, como la tierra salpicada de vida, como el cielo con pinceladas difusas y nebulosas. Te observo cuando no me miras y recorro todo lo que vas atrapando con esos ojos que no paran de descubrir el mundo a cada instante. Y sonríes, sin saber que te estoy contemplando, cuando una pequeña te acerca su mano y se la tomas con suavidad. Siempre fuiste un pequeño explorador, que intentaba conquistar el mundo a gatas. Y ahora empiezas a acunarlo en tu mirada, y siento que serás capaz de entender todo lo bello y terrible que puede ser, de empeñarte en que sea menos triste y más hermoso, porque miras de frente y porque eres valiente cuando lo haces.
Tienes el rostro pícaro. Sonríes tanto. Y apoyas tu mano menuda en mi hombro y allí la dejas todo el tiempo. ¿Qué pasará por tu cabeza? Me pregunto. Mira la luna, qué grande, te susurro. Y alzas la vista justo hacia ella. Y la contemplas, conmigo, durante unos segundos. Mira estas flores, qué bonitas. Y agachas un poco la cabeza, reclamándome que te acerque a ellas. Así vamos caminando. Con tu silencio y mi asombro. Y vuelvo a preguntarme cuándo se producirá la revelación, si no está ya germinando, en la que entiendes más de lo que pensamos, y eres tú la que nos enseñas el mundo.
Resulta curioso lanzar una declaración de intenciones ocultas, bajo un manto de palabras confusas, y que después, vuelvas a asomar como si nada. En todo caso, nunca conté con que ibas a regresar tan pronto. Pensaba que el descanso, duraría, al menos, todo un largo y extraño verano. Tres más tres son seis. Qué simple. En vista de que tu ausencia-presencia es pendular, y de que recibo señales tuyas, y de que, entonces, vuelves a formar parte de mi tiempo cotidiano, y de que ya llegué a la ¿certeza? de que no estás, pero ahora acabas de estar, y también en cierto modo ¿concluí? que es necesario que no estés, o eso creo, en fin, en vista de que ahora observo mis palabras y son como la casa de los tres cerditos cuya lógica se ha derrumbado apenas con un soplido, y ese soplido procede de ti, después de todo, si había cerrado la puerta, pero otra vez te has colado, y entonces se queda entreabierta, y el tiempo parece un chiste burlón, y hoy empieza el mismo día que ayer, y no hay lugar para el rito de despedida, definitivamente me pregunto, y cómo no se me había ocurrido antes, sabiéndote marea que nunca permanecerá, pero que besa binariamente mi presente, ¿sabiendo? todo eso, quizás, si no sería más sencillo invertir la fórmula y tener la certeza, ¿certeza? de que no estoy. Y desaparecer. ¿De dónde? ¿A qué lugar? Ni idea. Qué pereza, insisto, qué pereza.
Escupo palabras de las que no soy dueña. Llevan demasiado tiempo ocultas en la rutina. Empiezo a masticarte lentamente. Lentamente derramo mis heridas invisibles entre cafés imprevistos, hojas sueltas y silencios. Desposeída de ti. De tu forma de caminar, tu tono de voz, tus miradas o tus gestos tan cotidianos. Bendigo tu ausencia física que abre las compuertas a tantos segundos contenidos. Por fin la carne aprende de la razón y descansa sin que los nudos la atenacen sin aviso. No estás y es un alivio seco y amargo. Todos los futuribles se agolpan ansiosos y reclaman su cuota de dolor. Abrir las compuertas. Lamer las heridas. Tragar agua salada. Cerrar la puerta como un rito necesario que nadie conoce, que a nadie importa, que nadie entendería. Apagarte con suavidad, de la piel hacia dentro, evitando palabras de consuelo, de-construcciones sabidas, racionales argumentos que no se sostienen en este espacio clandestino. Recordarte, paradójicamente, recordarte como una certeza poderosa de que no estás. Convocar a los sentidos y al alma. Convocar los descubrimientos conjuntos, los paisajes inéditos, las manos enlazadas, el parque donde envejeceríamos juntos, la mirada de cíclope desnudo, y las letras derramadas en tantas primeras páginas, y los guisos, y la música necesaria como el aire, y la larga espera, y las historias diarias, y los sueños, y los rostros comunes, y las promesas, y la salvaje alegría de sabernos uno del otro, sabernos… convocar las interrogantes abiertas y la lucha que nunca… convocarte a lo largo y ancho de esta historia que llevo hendida como una sombra translúcida que se ha ocultado siempre tras la esquina para que no me diera cuenta de que aún estaba a mi lado. Piedras quebradas, grises y redondas, enormes. Alud que rasga el silencio calmo y engañoso. Una tromba de agua roja, verde, azul y negra. Como la pena umbría. Escupo palabras como dardos. Sí. El recuento de la flor nevada. Pétalos caídos. Desnudez suprema. No estás. Se acabó. Un rosario infantil. Dos por dos son cuatro. Y es tan evidente que parece un ejercicio de tozudez cíclica. Recordar, volver a pasar por el corazón. Pare el cuerpo su dolor y eso es todo.
Hoy he hablado con un amigo y he compartido con él este estado de pereza perenne que me ataca. Me ha dicho (entre muchas otras cosas y como remedio final ante mi terquedad): métete en el youtube y pon “caídas tontas”, a mí a veces me funciona. Bueno, pues como soy pusilánime, a la par que ansiosa, he seguido su consejo: he visto “caída del gordo Juan por el tobogán”, “caídas tontas para reírse con los colegas”, y cosas así… pero me he quedado igual. Si acaso más deprimida, porque por un momento, he tenido la visión de mí misma viendo vídeos de gente despeñá un viernes agónico de verano. Ay, mi madre, qué horreur. Sin embargo, mientras escribía esto, he vuelto un momento a youtube para rescatar los dos nombres de vídeos que acabo de poner y… he de reconocer que me he topado con uno que ha llamado mi atención, que no había mirado, lo he puesto y me he reído, sobre todo por la cara que se le ha quedado al del cochazo. En definitiva, que no hay nada como los consejos de los amigos. Sí, “miren a la vieja”…
Hoy he vuelto a hacer una lista de tareas urgentes, dado el estado caótico que me envuelve desde hace tiempo. En ella he incluido cosas tan variadas como comprar un cargador para el móvil (Luca se lo ha cargado a mordiscos por segunda vez) o ir, por fin, a por una bombona (no tanto por tener que ducharme con agua fría, que en estos tiempos es un placer, como por tener algo ansiado ancestralmente: fuegoooooooooooo… para cocinar). Grabar varios CD, enviar correos electrónicos pendientes, y, claro, hacer esas llamadas que vamos dejando para otro día.
Y siempre me acaba ocurriendo lo mismo cuando me ataca la listitis. Como soy un desastre, voy cambiando de lugar para reescribirla durante varios días. Cada día vuelvo a apuntar lo que no he cumplido en una nueva hoja (la mayoría de cosas, claro), pero como las tengo frescas, voy acortando las palabras, y al día siguiente, utilizo las iniciales, y al siguiente… mi lista se ha convertido en un montón de siglas ininteligibles, y por supuesto, nunca aparece la lista original que les daba sentido. Algo así:
- devolver libro GC
- enviar PP a la monja ecuatoriana
- ELH 2ºT
- decidir AC.
- Informe CPT a Javi
En fin… hay que ver cómo afecta la canícula en la ciudad del infierno. Y todo esto, para no volver a escribir sobre esta extraña sensación de nostalgia, esta lúcida certeza de cómo sobrevuelan las ausencias una noche cualquiera de verano
“Me convertí en lo que hoy soy a los doce años. Era un frío y encapotado día de invierno de 1975. Recuerdo el momento exacto: estaba agazapado detrás de una pared de adobe desmoronada, observando a hurtadillas el callejón próximo al riachuelo helado. De eso hace muchos años, pero con el tiempo he descubierto que lo que dicen del pasado, que es posible enterrarlo, no es cierto. Porque el pasado se abre paso a zarpazos. Ahora que lo recuerdo, me doy cuenta de que llevo los últimos veintiséis años observando a hurtadillas ese callejón desierto. Mi amigo Rahim Kan me llamó desde Pakistán un día del verano pasado para pedirme que fuera a verlo. De pie en la cocina, con el auricular pegado al oído, yo sabía que no era sólo Rahim Kan quien estaba al otro lado de la línea. Era mi pasado de pecados no expiados. En cuanto colgué, salí a dar un paseo por Spreckels Lake, en la zona norte de Golden Gate Park. El sol de primera hora de la tarde centelleaba en el agua, donde docenas de barcos diminutos navegaban empujados por una brisa vivificante. Levanté la vista y vi un par de cometas rojas con largas colas azules que se elevaban hacia el cielo (…). De repente, la voz de Hassan me susurró al oído: “Por ti lo haría mil veces más”. Hassan, el volador de cometas de labio leporino” (Cometas en el cielo. Khaled Hosseini).
Siempre es posible luchar por ser quienes queremos ser, contra las circunstancias que nos moldean, nos zarandean o nos envilecen, frente a las decisiones propias, contra el tiempo que avanza a grandes zancadas para enseñarnos, no lo que fuimos o lo que quisimos ser, sino lo que hicimos, en cada momento, con cada persona. Pero siempre es posible intentar conquistar la redención silenciosa, íntima, mirarse al espejo de los errores, sanarse hacia dentro, reconciliarse con nuestras debilidades. Querer todo lo que no quisimos, porque no supimos o no pudimos hacerlo, mientras nos alejábamos, con el rostro endurecido y el corazón helado. En qué nos hemos convertido, en qué nos estamos convirtiendo, una pregunta suelta en el aire como una cometa caprichosa. Pero el tiempo tiene la magia de hacer añicos las agujas y lograr que un segundo pueda ser tan poderoso como toda una vida, que un gesto, aunque tarde años en nacer, tenga la fuerza inédita de un recién nacido que reclama con su llanto un lugar en el mundo. Una cometa vuela en el aire, con la inocencia de quien inicia un camino que no sabe dónde llevará. Y son nuestras manos las que la guían hacia el cielo, como una caricia invisible. Hacia ti. Hacia mí. Porque siempre es posible luchar. Y ese es nuestro gran secreto. Y esa es nuestra poderosa esperanza.
Acabo de regresar a casa, después de tomarme un cubatazo con mi hermana mayor. Juntas nos hemos reído y hemos rescatado momentos compartidos. Y una vez más, he lamentado que no nos veamos más, porque realmente con ella me siento como en casa. Le he dicho que ha sido una cuidadora sublime. Sí, en muchas ocasiones nos ha sacado de apuros. Y entre muchas historias, nos hemos acordado de aquella en la que nos ayudó a realizar a mi amiga del alma María y a mí un trabajo para la facultad. Estudié periodismo, sin una vocación clara. De forma nebulosa recuerdo que estaba tan cansada de estudiar (durante un par de años simultaneé BUP y FP de ajuste de metal con 15 y 16 años) que mi razonamiento fue el siguiente: partiendo de que era de letras, todo lo que acababa en “ia” me sonaba a mucho estudio (historia, geografía, antropología… en fin), y además, como el 99’99% de los que estudian periodismo, me gustaba escribir (qué novedad). Así que estaba allí, rodeada de empollones individualistas, trepadores y con las ideas muy claras acerca de cómo triunfar en esto. En cuanto conocí a María nos reconocimos y nos acercamos. No teníamos nada claro y eso era genial. Así que nos unimos para los trabajos y en uno de ellos nos pedían tratar cualquier tema desde varios géneros periodísticos. Elegimos como tema “morir de amor” (aún conservo el trabajo y no tiene desperdicio, es marciano). Pero, como siempre, lo dejamos para última hora y nos encontramos con una sola noche para hacerlo. María se vino a casa y no pegamos ojo. Escribimos cartas de suicidas por amor, crónicas de muertes por amor, reportajes sobre amantes moribundos… pero nos faltaban dos entrevistas obligatorias para completar el trabajo. Mi hermana mayor se ofreció, en plena madrugada, y sucesivamente, se metió, de forma asombrosa, os lo aseguro, en el pellejo de un psicólogo y de un cura, que reflexionaban larga y hondamente sobre esta cuestión. Ni Punset hubiera profundizado tanto. Al día siguiente, sin dormir, casi nos atropellan en un paso de cebra, camino de la facultad. Pusimos fotos inventadas, fotos de Marilyn Monroe, fotos horrorosas, pero el caso es que ya en aquella época empecé a coger gustillo a maquetar y la presentación era curiosa. Los empollones nos miraban y nos decían: ummmm… qué buena presentación, seguro que sacáis sobresaliente. María y yo nos mirábamos, recordábamos al cura-psicólogo en pijama y nos hartábamos de reír. Llegó el día de las notas y la profesora llamaba uno a uno por su nombre. Y confundió mi apellido, que es rojo, para llamarme públicamente como fulanita rollo, ay mi madre, qué hartón de reír otra vez. Sí que era un rollo, y aprobamos por los pelos, y es una batallita de bar nocturno y complicidad, pero he sido tan feliz recordándola hoy con la cura-psicóloga cubatera, que bien merece un lugar en este antro
He vuelto con Luca al veterinario. Me ha costado la propia vida meter a la fiera corrupia en la cesta. Resultado: más arañazos, todo el cuerpo lleno de pelos del gato y el vestido rajado. Con esa pinta he llegado a la consulta. Nos hemos juntado varias personas en la sala de espera, cada una con su propio bicho: una gata siamesa llamada Mariloli, un pitbull de nombre desconocido y con dueño de grandes músculos tatuados y un perrito blanco llamado boli. Todos hablaban a su animal con mucho cariño y con una voz en falsete tan tieeeeerna. Mientras tanto, yo guardaba silencio, con un calor y una mala leche que no veas. He pensado que con tanto pelo no se distinguiría bien quién era gato y quién persona, a no ser porque Luca, el pobre, va a las visitas en una cesta decimonónica, como de picnic, enorme, cerrada y con unos cuantos agujeros para que respire. Parece Hannibal Lecter. Me he sentido dueña cateta, comparada con el resto de cestas tan ligeritas, pequeñas y modernas. Luego nos han llamado para dentro y Luca ha salido como siempre hace allí, transformado en un lindo gatito: ¡qué bueeeeeno eres, Luca!, ha dicho la veterinaria. No ha visto mi cara de cabreo con el gato. Le he enseñado el vestido roto, a modo de desahogo, y me ha dicho, ladeando la cabeza, ¡ayyy, es normal, el pobre se pone nervioso! Bueno, en resumen: Luca está otra vez malo y de nuevo comienza el circo de perseguirlo por toda la casa cada día con la jeringuilla en la mano. Tratamiento durante una semana: 5 euros. Radiografía minina: 50 euros. La cara que se me ha puesto al pagar con la tarjeta: no tiene precio. Yo de verdad que me siento mala madre, porque quiero mucho al gato, pero estoy tan, tan, pero tan harta, que tenía que decirlo. Con lo bonito que son los gatos de escayola. Lucaaaaaaaaaaaaa
Hoy es tu cumpleaños. Por primera vez en seis años no estaré contigo en esta fecha. Aunque el del año pasado fue uno de los días más jodidos que recuerdo en mucho tiempo. Conversamos durante la tarde y ya se evidenció que todo se estaba resquebrajando a pasos agigantados. Recuerdo las sensaciones físicas más que las palabras, sobre todo, la sensación de opresión en el pecho. Después nos fuimos a cenar y estuvimos como siempre, como si no pasara nada. Y no era algo forzado o incómodo. No lo sé. Nos habíamos acostumbrado tanto a estar juntos, a soñar juntos, a pensarnos juntos en el futuro, que parecía un truco de magia sencillo apartar como un mal pensamiento todos nuestros problemas y querernos como amantes amnésicos hasta el final. Pero aquel jodido 27 de junio del pasado año, creo que ese fue el primer día que me di cuenta de que todo podía acabarse realmente. Y dolió tanto.
…Desde hace meses acumulo sensaciones en cada pequeño hueco de mi cuerpo. Entre las pestañas. Cosidas a los labios. En las pupilas. Derramadas en mis dedos. Hendidas en cada uña. Prendidas de mis pezones. Agazapadas en mis pies. Enredadas en mis cabellos. Depositadas en las axilas. Hundidas en mi sexo.
Últimamente me sobreviene, sin previo aviso, una especie de recuento caótico y salvaje de todo este tiempo. Desando mis huellas. Y me cruzo con un pasado que se va mudando en mil pasados. Cuando se quebró todo, aunque todo fuera sólo una parte, imposible de medir, de mi vida. Cuando todo se quebró. Y siempre supe que no había marcha atrás, que iniciaba un camino sin retorno. Cuando te buscaba en medio de una puerta que se cerraba, con una fuerza volcánica que me hundió en el mutismo. Cuando apareciste, con tu voz, y me cuidaste con una entrega que nunca había conocido. No sé qué sentido tiene este paseo por la memoria, que a veces asoma como un acta del alma y en otras ocasiones se alimenta de nostalgias sin rostro y de emociones desordenadas. La marea arroja sobre mi mirada, de vez en cuando, momentos inconexos. De entonces. De ahora. A veces duelen, siguen doliendo como si fueran inéditos, y me asusto. Meses que se han fugado, segundos con vocación de viajeros clandestinos, fugaces, intensos, como fuegos que permanecen encendidos, y a veces elevan sus llamas. En todo este tiempo, he deseado, he querido y me he sentido amada, he viajado sin cesar, he visto la nieve por primera vez y me he tumbado en ella deseando que todo se congelara en ese mismo instante, me he entregado y me he alejado sin parar, he redescubierto mi cuerpo, me he encendido y me he apagado, me he apagado y me he encendido, he crecido con los otros y me he sentido pequeña como una piedra en medio de la noche, he convivido con el pasado civilizadamente y salvajemente he regresado a veces con dolor en el pecho, he dado brazadas sin parar, me he derrumbado sola y sola me he reído entre mis ruinas. Y ahora estoy agotada. Necesito cerrar los ojos y cobijarme en el silencio.
Escucho tu música… y sigo pensando que algún dios aburrido me regaló la suerte de cruzarme contigo en este camino incierto. Gracias por darme la mano en este tiempo de incertidumbre, por ayudarme a recuperar la capacidad de soñar que existe, aunque siga siendo una jodida exploradora sin mapas que busca un poco de paz. Y que necesita hacerlo sola.